2. SU PERSONALIDAD
Calasanz fue un hombre de una personalidad llena de matices. Pasó por diferentes experiencias y cada una de ellas la vivió a fondo. ¿Quién fue, al fin de cuentas, Calasanz?
- Un Convertido: Calasanz fue, ante todo, un convertido, un hombre que se dejó encontrar e interpelar por Dios. Acomodado en una vida de perfección personal y en sus ambiciones eclesiásticas, se dejó cambiar la vida por un Dios que lo inquietó a los cuarenta años, cuando la mayor parte de las personas ya tiene su vida totalmente definida. Ante la irrupción de Dios en su vida, todo lo que para él era ganancia, se le volvió basura, con tal de ser fiel a ese Jesucristo que había descubierto entre los niños pobres y al cual ya no cambiaría por nada del mundo.
- Un Educador: Calasanz no sólo fundó la primera escuela popular gratuita y luchó por la obligatoriedad de la enseñanza para todos los niños desde los primeros años de vida, sino que, además, fue él mismo un gran educador. Para Calasanz, toda persona está siendo guiada por el Espíritu Santo hacia una verdad que no es teórica, sino vital; hacia la identificación con la persona de Cristo. La labor del Maestro no es otra que colaborarle al Espíritu, guiando a cada alumno según la interna y profunda inclinación que hay dentro de él, para que cada día lleve más en su ser los rasgos de Cristo el Señor. Para lograr esto, decía Calasanz que había que aprovechar la luz de la ciencia humana y la luz de la fe cristiana, intuición que concretó en su lema "Piedad y Letras".
- Un Religioso: Descubrió que el Señor le pedía ser educador de niños pobres, pero también descubrió Calasanz que para poder educarlos tenía que hacerse pobre entre ellos, totalmente disponible para amarlos y fiel hasta el final a la voluntad de Dios sobre su vida. Esto llamados lo llevó a hacerse religioso y a fundar la Orden de los Padres Escolapios, dedicada con exclusividad a la educación cristiana de la juventud.
- Un Sacerdote: Pero además, Calasanz fue un Sacerdote. Sacerdote consagrado a la reforma de la Iglesia en los primeros años de su ministerio y luego, cuando descubrió a los niños, un nuevo tipo de sacerdote que hizo de su vida ya no una entrega a la predicación o a la administración de los sacramentos, sino un anuncio vivo del Evangelio entre los pequeños y jóvenes.
- Un Santo: Cuentan que cuando Calasanz murió, un niño romano, de esos que él había educado, salió corriendo por las calles para gritar una noticia a la vez triste y alegre: "¡Ha muerto el Santo! ¡Ha muerto el Santo!". Fue Santo, es verdad, pero no tanto por los milagros que hoy se le atribuyen, sino por el más grande milagro de todos: fue un hombre que hizo la voluntad de Dios. Al ritmo de la vida y de los compromisos, día a día Calasanz fue descubriendo nuevas maneras de ser fiel al Señor. Llevado por Dios, fue adquiriendo poco a poco el rostro de Cristo, por eso fue Santo y porque fue Santo, ha perdurado su obra y su vida sigue siendo luminosa para todos los que, como él, queremos ser fieles al Señor.
- Un Hombre: Pero, ante todo, Calasanz fue un Hombre. Su vida, como la nuestra, estuvo llena de realidades profundamente humanas. Conoció la ambición y también la pobreza; quiso ser perfecto por su propio esfuerzo y terminó dejándose llevar por Dios; fue a buscar la dicha en los altos cargos de Roma y encontró la verdadera felicidad y bienaventuranza en la cruz del Señor; amó intensamente y conoció la radical soledad de quien sigue a Cristo; quiso asegurar su vida con una dignidad eclesiástica para vivir desahogadamente y, sin embargo, vivió la mitad de su vida entre los pobres y murió anciano y aparentemente fracasado. Fue un hombre con pasiones como los hombres y con santidad como Jesucristo, el Hombre. Sólo un Hombre, un Hombre feliz, un Hombre lleno de Amor, un Hombre de los niños, un Hombre de Dios.