Un Hombre es también su Obra, por eso, para conocer a Calasanz, es necesario mirar cuál fue su obra y cómo la entendió él. La obra de Calasanz no fue clara desde el principio. Más bien habría que decir que poco a poco, al ritmo de la vida, fue entendiendo con claridad cuál era el quehacer que Dios quería para él. En un primer momento creyó que su labor sería la Reforma de la Iglesia. Más tarde, ya en Roma, descubrió que para la reforma de las torcidas costumbres de la sociedad, era necesaria la educación de la niñez, fundamentalmente de la más pobre. Luego descubrió que un trabajo tan serio sólo podía ser realizado mediante una entrega total y absoluta de la vida, y resolvió, por tanto, hacerse religioso y fundar una Orden consagrada definitivamente a la educación de los niños y jóvenes, especialmente de los más marginados.
De este modo, paso a paso, intuyendo lo que Dios le pedía en cada momento, Calasanz fue descubriendo su obra: la educación de la juventud como ministerio fundamental de la Orden Religiosa que él fundó.
Así describía Calasanz su obra: Mi obra no es mía, es iniciativa y acción de Dios, pues es el Señor quien para ayuda de su Iglesia, en diversos momentos inspira esta multiplicidad de servicios, para las necesidades de sus hijos. (cfr. Memorial al Cardenal Tonti, No. 18). Tal obra consiste en la dedicación total a la buena educación de la juventud, porque la reforma de la Sociedad Cristiana radica en la diligente práctica de tal misión. Pues si desde los más tiernos años el niño es imbuido diligentemente en la Piedad y en las Letras, ha de preverse, con fundamento, un feliz transcurso de su vida entera. Es, por tanto, cometido de las Escuelas Pías, enseñar a los niños, desde los primeros rudimentos, la lectura correcta, escritura, cálculo y latín, pero, sobre todo, la piedad y la doctrina cristiana; y realizar esto con la mayor habilidad posible. (cfr. Constituciones de San José de Calasanz, Nos. 2 y 5).
Esta labor educativa es imprescindible para la Iglesia y para el mundo, ya que el apostolado de la educación es en verdad el más digno, el más noble, el más meritorio, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más enraizado en nuestra naturaleza, el más conforme a la razón, el más de agradecer, el más agradable y el más glorioso. Es una labor necesarísima y solicitadísima, porque cura, preserva y rescata las almas; es para ciudades y personas preferentemente pequeñas y pobres y muy necesitadas de asistencia, y porque desde los primeros años ayuda a bien vivir, de donde depende el buen morir, la paz y sosiego de los pueblos, el buen gobierno de las ciudades y la reforma de toda la cristiandad. (cfr. Memorial al Cardenal Tonti, Nos. 6 y 26).
Y está destinada ante todo para los más pequeños y pobres, pues ya que nos profesamos auténticos Pobres de la Madre de Dios, en ninguna circunstancia tendremos en menos a los niños pobres; sino que con tenaz paciencia y cariño nos empeñaremos en dotarlos de toda cualidad, estimulados principalmente por aquella Palabra del Señor: "Lo que hicieron con un hermano mío de esos más humildes, conmigo lo hicieron". (cfr. Constituciones de San José de Calasanz, No. 4).
Así entendió Calasanz su obra, o mejor dicho, la obra que Dios hizo con él. A eso le entregó la vida entera. Siendo ya anciano todavía iba a las escuelas para tomar la lección a los niños e incluso para barrer las aulas. Sin duda los niños y las escuelitas llenaron totalmente su corazón. Por eso, a pesar de morir cuando todo estaba destruido, se fue con una gran esperanza en Dios, pues la obra que había hecho, la había hecho sólo por su Amor. "Mientras yo tenga aliento, no perderé el deseo de ayudar a las Escuelas, con esperanza de volverlas a ver aseguradas, fundándome en aquellas palabras de un profeta: "quédense quietos, y verán la salvación del Señor, que vendrá sobre ustedes". (Carta de Calasanz, año 1645).
Con esa esperanza se marchó y fue esa esperanza la que hizo posible que todo renaciera y que las Escuelas Pías no desaparecieran definitivamente.
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